viernes, 20 de febrero de 2009

Memorias de improbable orfandad


I
Un cura flatulento reza las oraciones. Exhorta al prisionero que asuma su crimen y pida perdón al Dios que vigila con cierto disimulo. El animal se retuerce, ya no ve. No es nada. Todos se han vuelto un ojo enorme. La euforia cesó. Las respiraciones espaciadas aguardan el final del espectáculo.

II
Las mujeres forman un abanico que se abre y cierra a nuestro paso. Yo voy al frente. Mis ojos recorren rostros. Veo la negrura del odio en las miradas. Bilis amarilla exhalan las viejas, pero sólo nos ven a nosotros, torpes como gusanos. Los niños lanzan tomates, coles pútridas. Una morena de pechos enormes escupe sobre mis pies. Imperturbable avanzo, como si nada. Mis manos empuñan con fuerza la madera.

III
Me duele no haber heredado esa fuerza, hubiera querido sostener sobre mis hombros a un hijo, avanzar con él sobre los jardines y renacer en pasto.
Jamás lo haré, con un hijo de asesino basta. Que los neonatos naveguen en el limbo, este verdugo los dejará salir como renacuajos en túneles de carne. El cuerpo tiene sus necesidades y las satisfago como puedo. Total, es como comer o alimentarse, una necesidad más. Nunca engendraré vástagos, no lo haré; impediré que mi conciencia cargue otro fardo. Ni asesinos ni verdugos. Yo cargo con mis culpas, nadie más.

IV
Una gorda se pedorrea frente a mí, le doy un mandarriazo por el culo, y la risa nos cubre con su manto de miasmas. Quiero salir de aquí, escaparía muy lejos.

V
Aquí no hay nada. Los señores hurtaron lo que había de valor y el resto al pico de los buitres. Sólo queda esta casa desportillada, una barda maltrecha y miles de agujeros en el suelo. Algunas paredes palpitan como buches de palomas.

VI
Levanto el hacha y la dejo caer. Escucho el hueso que truena como rama; la piel escupe sangre y grasa sobre mi traje de verdugo. Respiro tranquilo. Cierro los ojos y en ese suspiro de descanso que contiene la plaza me doy por bien servido.
Aprendí a esperar como el metal. Me oculto en este saco de carne, espero mi momento. Dejo caer el instrumento, abro la piel, quiebro el hueso, aspiro el aroma de la sangre.
Cierro los ojos, todos desparecen; el mango de mi hacha me sostiene y en momentos como éste es cuando más deseo un abrazo afectuoso, una mirada, la desnudez del muro.

VII
Vengo a este sitio muy de cuando en cuando, una vez por año, cuando tengo que hablar conmigo; me alejo de saltimbanquis y meretrices y retorno a esta costra seca. Padezco la imperiosa necesidad de recorrer recuerdos con desnudez de adobe.
Y si alguien pregunta qué hago aquí, diré: Me interesa comprarlo, ¿sabe quién es el dueño?

VIII
Dicen que el tiempo es lo de menos. En un parpadeo, pasé del baño colectivo de la casa de huérfanos a estos túneles oscuros y pestilentes. Muchos cielos cayeron desde que me llevaron a rastras a ese nido de violadores y ratas. Me alejaron de aquí y patearon las migajas de recuerdos que arrojé sobre el sendero. En un momento todo se volvió amargo, gris. Mi estancia en el asilo fue como soga para el ahorcado. Estaba acostumbrado a ver el horizonte, a los atardeceres que pastaban . Perseguía tigres de luz en cometas de nubes.

IX
Toleré el llanto de la vela sobre mi espalda. El vinagre y la sal me arrancaron alaridos precisos. Silencios interminables en cuartos de penumbra; hincado y con un ladrillo en cada mano para fortalecer la voluntad, para expiar los pecados de otros y los nuestros, ¿qué pecados cometí?
Vergüenza sí, una muy grande, y todos se encargaban de gritar las palabras que, como péndulo, iban de acá para allá en mi cerebro: ¡A darle al hijo del asesino!

X
Para qué sirvan las noches: para follar, me digo.

XI
Dicen los que conocieron a mi madre que no soy como él. Mis dientes no son tan fieros. Que mi semblante es triste y que la sangre de mi familia materna era más fuerte, por eso fui lampiño. Sabía hacer muchas cosas, reía de sí mismo y silbaba la canción de los mares.

XII
¡Atrás, pueblo de mierda! ¡Atrás, atrás, cerdos asquerosos.

XIII
Desde aquí la gente es un perro inmenso; sus cabezas son colmillos de fiera. Gritan; sus palabras recorren la plaza y ruedan por los techos de paja. Son guiñapos, títeres todos de sus bajos instintos. Mira a esa mujer de pelo graso y desdentada, haciéndome señas lujuriosas y sobándose el sexo, mira a las otras festejar sus porquerías. Y a mi lado este viejo peón del obispo, carcomida oración . Y ahí frente a nosotros, arrodillado y triste, el animal que llora su perdón.

XIV
Una jiba fue mi tutora. Mi madre murió cuando nací y de mi padre sólo conservé un viejo apunte en sepia que jamás he vuelto a ver. En ella, el hombre robusto llevaba a un niño sobre los hombros.
No sé qué pude sentir en ese momento, sólo recuerdo una sonrisa ardiente. Me sentía seguro.
A veces, cuando salgo de esos túneles de mierda y llanto, subo a las almenas de esta prisión y cuando el mar no es negro la espuma traza su rostro.

XV
Ahí viene el príncipe y su séquito, libélula emponzoñada. Afeminados todos, con rostros blancos y pelucas piojosas; toman asiento entre su aroma de burdeleros reales. Y las hembras de senos como cráneos pulidos intercambian miradas con los soldados de la guardia. Los pequeños nobles ven con temor a las bestias que un día domesticará, mientras aspiran rapé en sus habitaciones.

XVI
La bestia chilla como cerdo. Todos juran que son inocentes. Su mujer grita, gime y patea sostenida como marioneta entre las vecinas. Los hijos lloran y ríen mientras nadan entre su orina. Un perro, imperturbable, lame su culo. Y miren ahora al cerdo como se retuerce, con el cuello sobre el tronco y las manos atadas a su espalda.

XVII
Y en el umbral de la prisión la luna observa como se besan el guardia y el prisionero. La luz anida en el yelmo, los brazos llenos de venas están blandos. Los dedos nervudos aprietan esas pequeñas lanzas que quieren ver la noche.

XVIII
La gente se arremolina. Animal de eructos y pestes corea la ocurrencia del momento.

XIX
Por qué murió la vieja. A él quién le cortó la vida. A quién le importa. Yo cargo con mis culpas, nadie más.

XX
¡Ah!, el metal es frío. Siento su peso. Si alguien tiene paciencia en este mundo ése es el acero. Espera su turno, empotrado entre madera o transformado en un objeto bello. Descansa entre su funda. Sabe que la sangre se oculta entre la carne. JLV

4 comentarios:

jota pe dijo...

-- maestro definitivamente la letra es una mierda, esta ahi como mero recuerdo de lo que nos ha llenado esta puta vida, pero lo que nos demuestras es que siendo su fruto mas deleznable solo eso quedara de nosotros. Hambre de ser que realmente satisfaces

JLVasconcelos dijo...

Master JP:
Interesante apreciación la tuya, y sí, la forma que piensa no es el fondo que razona al hombre.
Saludos y muchas gracias por comentar.

Isabela dijo...

Genial, increíble en lo sórdido. Me recuerda al protagonista de El Perfume.

JLVasconcelos dijo...

Isabela:
Nuevamente agradezco tu motivador comentario. Y sí, entre un perfumista y el hijo de un verdugo, siempre habrá un aroma de pútrido hermanamiento. O casi...