miércoles, 18 de noviembre de 2009

Como las olas mecen los navíos



Una cosa es que Mrs. Hathaway duerma con tres negros y otra, muy diferente, cuando la gente murmura sobre sus afecciones.
Aceptemos que, desde hace tiempo, para ella los pétalos de las orquídeas borran por completo los recuerdos; que sus invernaderos hablen.
El qué dirán y los instantes ya idos prenden la llama de su corazón. Tan es así que la realidad parece someterse a los fragores de la calma. Los hombres que circulan a su lado aún parecen hijos de una rodilla y un diplómatico: brillosos, esquivos y muy articulados.
No puedo menos que defenderla. ¿Estuve en sus brazos o ella en los míos? No lo recuerdo. Sólo sé que tuve la necesidad de dejarme ir y acariciar pesares.
Como las olas mecen los navíos, así sus manos tomaron posesión de mi cuerpo. Arde sobre mi piel la huella de su tacto. Pero yo me demoraba repasando los instantes, sin tomar en cuenta que envejecía a ras de sábanas.
Pudo ser un minuto o un siglo, pero yo me encontraba adormecido dentro del fruto de la pasión, flotando adormilado en la barcaza de los sueños que nunca deben concluir. Los buenos sueños no deben acabar. Jamás. Dios salve a Mrs. Hathaway y, si no, que la patria nos lo reclame. JLV

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida debería ser como un buen sueño interminable. De ese modo nos evitaríamos muchos conflictos futiles.

Saludos

JLV dijo...

Mi Master:
Sí, tienes razón. La vida debería ser como un buen sueño interminable, lindo eso. Seguro que sí.
Saludos mil y gracias 10 mil.
Gracias D.